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Bush v. Gore, 8 años después

22 Nov

En medio del proceso electoral norteamericano, gracias a un amigo, leí el libro «The Nine: Inside the secret world of the Supreme Court», de la autoría de Jeffrey Toobin. El libro está entre los más vendidos en Estados Unidos.

Hace como una semana atrás, lo terminé de leer, y desde entonces, quería escribir un apunte sobre el mismo, y particularmente sobre los capítulos dedicados a cómo la Suprema Corte de Estados Unidos concluyó uno de las más controvertidas elecciones presidenciales de Estados Unidos, como fue la de noviembre de 2000, en las que George W. Bush se impuso a Albert Gore. Antes, de continuar, les recomiendo leer aquí este resumen del caso.

Lo primero, es que el libro de Toobin debe ser una lectura obligada para los/as interesados/as en conocer el sistema judicial americano, pues ofrece un retrato, muy acabado de la cultura jurídica de ese país, y del poder e influencia de la Suprema Corte de Justicia. Muy pocos países tienen un tribunal, como la Suprema Corte de Justicia, que decide sobre tantos aspectos que afectan directamente los derechos de los ciudadanos.

Bush v. Gore confirmó esta regla. Pero, algo más grave, al decir de Toobin, representó uno de los períodos más oscuros de la Presidencia de William H. Rehnquist, al frente del más alto tribunal de Estados Unidos. Ni la fortaleza institucional que tiene el Poder Judicial escapa a las influencias políticas, como, en efecto, sucedió en este caso.

La presencia de las fuerzas conservadoras y liberales en el alto tribunal ha sido siempre una de sus características. Pero, tras doce años del Partido Republicano en el poder (obviamente antes de los actuales 8 años de George W. Bush, que sumados, hacen 20), los conservadores tenían sus ojos puestos en la Suprema Corte de Justicia, y esto fue lo que permitió que George W. Bush se impusiera, con mayoría de 7-2, a Albert Gore. Toobin analiza con profundidad, como, a partir de esta mayoría conservadora, la misma administración de Bush, permitió, con sus propias actuaciones ( la Guerra contra el terrorismo, las torturas de Guantánamo, las violaciones a los derechos humanos) fuera convirtiéndose en una Suprema Corte, con una visión más liberal, como lo es actualmente.

Solo uno de los jueces, John Paul Stevens, en su voto disidente, afirmó en una frase lapidaria para la historia (que he preferido reproducirla en su idioma original en inglés, para que no pierda su esencia en la traducción):

The opinion by the majority of this Court can only lend credence to the most cynical appraisal of the work of judges throughout the land. It is confidence in the men and women who administer the judicial system that is the true backbone of the rule of law. Time will one day heal the wound to that confidence that will be inflicted by today’s decision. One thing, however, is certain. Although we may never know with complete certainty the identity of the winner of this year’s Presidential election, the identity of the loser is perfectly clear. It is the Nation’s confidence in the judge as an impartial guardian of the rule of law.

Palabras sabias y visionarias que salvaguardaron para el futuro la credibilidad de la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos. Hubo que esperar ocho años, para que el pueblo americano, en una expresión cívica y democrática, enviara la señal de cambio que definitivamente deberá rencausar a Estados Unidos por mejores senderos, en medio de una situación global muy difícil.

Una lección de mi padre, para toda la vida

7 Nov

Leyendo el discurso del presidente George W. Bush a todo el personal de la Casa Blanca, anunciando los detalles de la transición al presidente electo Barack Obama, me recordé de una lección que me enseñó mi padre, Salvador Jorge Blanco, cuando luego de haber sido declarado presidente electo para el período 1982 – 1986, en esos tres largos meses que comprenden la transición presidencial dominicana (desde el 16 de mayo al 16 de agosto), nos digo a mi hermana y a mí, una frase que nunca he olvidado:

«El poder es como una sombra que pasa»

Para esa época, estoy hablando de mayo/junio de 1982, yo era un adolescente de unos 14 años de edad. Mi hermana tenía unos 10 años, la misma edad que tiene hoy Malia Obama, la hija mayor del presidente electo Obama. Su otra hija, Sasha, tiene 7 años. Ambas serán las inquilinas más jóvenes de la Casa Blanca.

Recuerdo que mi padre nos completó la frase con las siguientes expresiones:

«Nuestras vidas van a cambiar por 4 años, pero quiero que nos mantengamos, como lo que somos, una familia unida, y que ustedes mantengan sus actividades normales y tradicionales, porque todo esto es transitorio, nada es permanente».

¡Qué gran lección aprendí de mi padre! Obviamente, en ese momento, no la aquilaté inmediatamente. Sin embargo, cuatro años despúes, en 1986, cuando mi padre concluyó su mandato, aprendí su total dimensión. Los cargos públicos, tanto los que son por elección como los que son por designación, son transitorios.

Esta lección la he llevado toda mi vida, incluyendo las veces en que he tenido el honor de servir al Estado. Y ahora, como Secretario General del PRD, posición que ocupo con mucho orgullo, terminaré el 12 de junio de 2009. Agradezco infinitamente a mi padre haberme dado esta lección cuando era un adolescente. Un motivo más para admirarlo y quererlo cada día más.

(Colofón: La expresión del presidente Bush de ayer fue: «Aunque es un gran honor, el trabajo es temporal». Nada más cierto.)