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La esperanza está aquí

3 Abr


Duarte 101 y Ebgarcía han pedido mi opinión en torno al debate sobre ¿si vivir en tu patria o vivir fuera? Antes de responder esta interesante pregunta, lo primero que debo destacar es el respeto y la admiración que tengo por los/as dominicanos/as que residen en el exterior, especialmente aquellos que trabajan y viven en otros países, y que se han integrado a otras culturas, aún preservando nuestras raíces. A las mujeres y a los hombres que, con el sudor de su frente, realizan trabajos para, no solo sobrevivir en sociedades en las que el individualismo es su característica principal, sino para mantener a sus familias en nuestro territorio. Con mucho sacrificio, pasando a veces, mucho frío, y a veces, mucho calor, para ganarse su trabajo.

Unos son ejemplos vivos del «american dream» y del modelo europeo, así como también han sido acogidos por urbes latinoamericanas y asiáticas. Como dominicano, me siento orgulloso cuando veo que un/a dominicano/a se destaca en los distintos quehaceres humanos en el extranjero.

Así como dijo lo anterior, lo más triste es cuando veo en las noticias que dominicanos/as mueren en las costas tratando de llegar, de manera ilegal, a playas extranjeras. La desesperación, las frustraciones, y a veces, la ignorancia, lleva a buscar este tipo de escape. Es probablemente aquí donde más resida la opinión mayoritaria reflejada en encuestas y estudios de que el 57% de los dominicanos quiere irse del país. Este es el punto que debe motivar a reflexión a quienes les preocupa el presente y el futuro de nuestro país.

¿Qué hacer para evitar que este sentimiento contínue impregnándose en muchos dominicanos que prefieren irse del país, arriesgando incluso hasta sus vidas, en vez de quedarse aquí? Es obvio que no me refiero a quienes legalmente y legítimamente viajan a otros países para trabajar, aprovechando oportunidades únicas. Me refiero a quienes creen que, por el simple hecho de vivir en otro país, en ocasiones hasta por falta de información, estarán mejor que en su tierra natal.

Y, en esto, tenemos que hacer un ejercicio crítico. Veamosnos en el espejo de Haití. Cada vez que visito Haití, quisiera que cada dominicano tenga la oportunidad de visitarlo y conocerlo. Y cada vez que lo visito, me hago las siguientes preguntas: ¿Cuántos haitianos viven en el extranjero? ¿Cuántos recursos humanos extraordinarios de origen haitiano, en vez de estar trabajando en Haití, están en otros países, en exitosas actividades profesionales y comerciales? ¿Qué es Haití hoy? Pero, más aún, ¿Cómo era Haití en los 1800? y ¿Qué es hoy? Uno de los países más pobres del mundo, por la indolencia de sus gobernantes, y por la indiferencia de muchos de sus habitantes. Es a nuestro país, a quien más le conviene, que tengamos un Haití fuerte y estable.

El momento es propicio para hacer conciencia sobre la necesidad de cambiar el modelo de desarrollo de nuestro país. No podemos seguir en más de lo mismo. La esperanza está aquí, en la República Dominicana, en el espíritu noble y trabajador que siempre ha caracterizado a la mayoría de los dominicanos. Claro, nuestros problemas y retos no pueden ser resueltos el gobierno y un solo partido, lo debemos resolver entre todos/as, sin demagogia, sin sacarle provecho político, colocando los intereses nacionales por encima de los intereses personales y grupales. Es tener la capacidad que tuvieron países, como España, Japón, Argentina, Chile, Perú y Costa Rica, países que se levantaron después de fuertes períodos de inestabilidad política y económica, y hoy son ejemplos de democracia, con sus propias fortalezas y debilidades.

Necesitamos, por lo tanto, una estrategia y un plan nacional, que reivindique nuestros valores democráticos, el orgullo nacional, que coloque en el epicentro a la gente, al ciudadano, y continuar luchando y trabajando para que tengamos más democracia, más igualdad, más educación, más salud y más oportunidades.

Ricardo Lagos, un político en mayúsculas

18 Mar


En razón de mis funciones como Secretario General del PRD, ayer tuve la honra de compartir, casi todo el día, con el expresidente de Chile, Ricardo Lagos, quien agotó una intensa agenda en la República Dominicana, invitado por el Instituto de Formación Política, Dr. José Francisco Peña Gómez.

Las casi ocho horas que tuve el privilegio de escucharle en distintos escenarios y foros valen más que el mejor curso de ciencias políticas en la mejor universidad del mundo. Es que la experiencia que acumula la vivencia de haber ejercido la presidencia de un país como Chile, y salir de ese ejercicio, con la mejor tasa de aprobación de todos los presidentes de la democracia moderna de esa nación, no se encuentra todos los días.

Lo primero que me resalta es la humildad que exhibe el presidente Lagos, característica que, por lo que pude escucharle, ha estado siempre en él. Ayer, me la demostró con dos hechos que narró: Uno, cuando no pudo cumplir con su promesa de campaña de crear 200,000 puestos de trabajo en el primer año de gobierno, y que ante la imposibilidad de cumpliarla, se dirigió al país para explicar las razones por las que no podía acometer esta promesa. Pocas veces, he visto a un Presidente dirigirse a su pueblo para explicar el por qué no se pueden hacer algunas cosas. Es la humildad en su máxima expresión.

El otro hecho que narró fue cuando, después de haber dejado la presidencia de Chile, y estando en el primer lugar de las encuestas para ser el Candidato Presidencial para las elecciones del 2010, decidió dar el paso para que otra figura política fuese seleccionada para ostentar tal calidad, en momentos en que la Concertación Democrática cumple 20 años de gobiernos sucesivos en Chile. Desoyó las voces que siempre están en el entorno de un líder político, y fue humilde, permitiendo que otro fuese el elegido.

La segunda característica que ví en el presidente Lagos es su responsabilidad. Escucharle cómo tomó la decisión de no enviar tropas chilenas a Iraq, basado en que la guerra era al margen de las decisiones de Naciones Unidas, y luego cómo, cuando casi seis meses después, por mandato de Naciones Unidas, mandó tropas de Chile a Haití, es un episodio que permanecerá imborrable en mi memoria. Fue responsable y coherente, respetando la multilateralidad.

El tercer elemento que reúne el presidente Lagos es su visión global y local. Su descripción de la actual crisis económica mundial, y su advertencia de que «las economías pueden estar blindadas, hasta que llega el tsunami» es una clara premonición de que todavía no hemos enfrentado lo peor. De ahí es que plantea un nuevo orden mundial para enfrentar con responsabilidad los retos y desafíos que tiene el mundo por delante, tales como el cambio climático, la regulación financiera, el mercado, y los más importante, el respeto por las normas jurídicas aprobadas por la comunidad de naciones. Desde el punto de vista local, apunta que quien debe estar en el epicentro de las políticas son los ciudadanos, la gente. Ojalá muchos pudieran escucharle y entenderle.

Haber compartido con el presidente Lagos fue un cátedra constante y permanente. Como Ministro de Educación que fue en 1990, sabe cómo se educa. Lagos evidenció que es un político, pero un político en mayúsculas, de aquella estirpe rara, diferente y excepcional que da la cara por la buena política, la coherente, la responsable y la transparente, aquella que la generación que represento está comprometida. Una vez más, mi admiración a Chile y a su gente, por cultivar y producir hombres y mujeres de este talante democrático.

(ACLARACIÓN: Sobre su promesa de crear empleos, el presidente Lagos nos dijo ayer que, aún cuando no pudo cumplir su promesa en el primer año, al final de su mandato de seis años (2000-2006), había creado apróximadamente 800,000 puestos de trabajo en Chile.)

Constructores de políticas

6 Oct

En medio de toda la grave y difícil situación económica global y local, estamos asistiendo a un debate sobre la reforma constitucional, que es, en el fondo, una nueva Constitución. Y, debo decir, que, hasta el momento, el debate público en los medios no ha estado a la altura del momento. Estamos viendo este tema con un visión corta y muy limitada a los temas coyunturales, como el de la reelección presidencial, por citar un caso.

Creo que la reforma constitucional es un excelente tema para que la clase política nacional ofrezca una lección de madurez y de aprendizaje de lecciones pasadas. Y que, en torno a ella, construyamos las políticas de Estado del presente y del futuro. El problema es que los intereses políticos y grupales de quienes nos gobiernan, mas los que están presente en los partidos de oposición, obstaculizan este paso trascendental. Quienes pertenecemos a una generación que no ha estado contaminada por estas luchas, debemos colocarnos por encima de esos intereses.

Ayer, se cumplieron 20 años del plebiscito que cambió el rumbo de Chile, aquel 5 de octubre de 1988. Hoy, Chile tiene instituciones fuertes, y progreso económico. Pero, el liderazgo político de esa nación no se ha quedado con los brazos cruzados, y hoy día, hay una profunda lucha por reformar y cambiar el modelo implementado por la Concertación Democrática, que, hasta el momento, ha sido muy exitosa. Sin embargo, tal como lo afirma Ricardo Lagos en una entrevista en El Mercurio:

El futuro de la Concertación depende entonces de la capacidad que tengamos de producir un programa que interprete a Chile.

Lo mismo, desde otra perspectiva, ha dicho Eduardo Frei en una entrevista a Carmen Aristegui:

Hay un modelo que no esta dando resultado en América Latina, adicionalmente al populismo, y es el de aquellos regímenes presidenciales en donde quienes llegan se olvidan de todo lo anterior, y generan más pobreza, más miseria, menos libertad de expresión, y más dificultades para construir políticas de Estado, dada la ausencia de oposición constructiva.

Nuestro país de hoy es muy distinto al de hace cuatro años atrás. Es muy diferente al de la última reforma constitucional. La misión nuestra, sobre todo de aquellos que estamos en la política, es construir sobre la base de los cambios que ha experimentado nuestro país. No hay recetas únicas ni modelos que puedan ser impuestos. Pero, definitivamente, hay que tomar iniciativas que nos coloquen por encima de conductas que son rechazadas por la mayoría de los dominicanos. Ese es nuestro desafió.